Viva Chile, república fundada por racistas.

Por Emilia Duclos | Gráfica: Anna Pistacchio

En el carnaval de chicha, carne, cumbia y chi-chi-chi se acentúa nuestro fanatismo por la cultura chilena. Debemos ser de los pocos países latinoamericanos que se celebra con tanta euforia a sí mismo, con un sentimiento de nacionalismo y pertenencia que dura todo septiembre y que anula, por un lapsus de tiempo, todos los problemas que tenemos como sociedad. El orgullo por los héroes patrios y por el proceso de independencia de la corona española, se nos inculca desde que somos pequeños, con una visión de la historia totalmente centralizada en los criollos, en la élite intelectual y católica que colonizó el territorio chileno. Celebramos que los criollos, a través de un sangriento ejército, pudieron hacer de las suyas y fundar un país con sus propios intereses e ideales, con deseos probablemente muy alejados de los del pueblo.

Para defender sus intereses limítrofes y constituir una nación, se justificó el exterminio, la xenofobia, la esclavitud y las guerras civiles, con la absurda idea, repetida una y otra vez en la literatura criolla, de que existía una raza que nos aunaba y nos daba identidad. Muy influidos por el darwinismo imperante en la época y basados en el espíritu colonialista, hicieron que el discurso sobre la existencia de razas humanas superiores se convirtiera en una ideología en todos los ámbitos de la sociedad chilena, incentivando el clasismo y el racismo entre nosotros y nosotras. La blancura se convirtió en un símbolo de pureza y tomó un valor primordial en nuestra población, midiéndose incluso en atributos intelectuales y psicológicos. “La raza degenera por el alcohol y por la mala alimentación: da pena mirarlos. ¡El pueblo de hoy no sería capaz de tomarse el morro de Arica, no me canso de predicar por la inmigración…necesitamos dos millones de hombres rubios de los países del Norte de Europa. El peligro para Chile no es extranjero, sino el chileno…”, decía el escritor Vicente Huidobro en “Las zonas secas y la raza” en 1925. Y Augusto Pinochet, en su libro “Síntesis Geográfica de Chile, Argentina, Bolivia y Perú”, de 1953, afirmaba que “gracias a las características del clima chileno la raza negra no se ha desarrollado” y enfatizaba que la unión indígena-española había dado como resultado un “linaje blanco” al que se podía llamar “raza chilena”.

“Poseo documentos numerosos y concluyentes, tanto antropológicos como históricos, que me permiten asegurar que el roto chileno es una entidad racial perfectamente definida y caracterizada. Este hecho de gran importancia para nosotros, y que ha sido constatado por todos los observadores que nos han conocido, desde Darwin hasta Hancock, parecen ignorarlo los hombres dirigentes de Chile”, decía Nicolás Palacios, precursor del movimiento nacionalista en Chile en 1904 y autor de “Raza chilena”. En su libro insiste en caracterizarnos como un pueblo único y distinto al resto de Latinoamérica, con rasgos propios inigualables. (ver aquí).

El 41,5% de los chilenos se identifica con la idea de que “Chile es un país más desarrollado que sus vecinos porque hay menos indígenas”.

¡De qué raza estamos hablando! Somos un pueblo mestizo a la fuerza igual que el resto de Latinoamérica, que se fue conformando con la llegada de españoles, con el arribo de esclavos afrodescendientes, con las mujeres indígenas violadas por los colonizadores, con los hijos guachos y escondidos resultantes de los cruces entre culturas, con los migrantes provenientes de oriente, de distintos países de Europa y también de Latinoamérica. Desde este punto de vista la “verdad” sobre la supuesta etnicidad de nuestro país no depende de un referente objetivo sino de la emocionalidad que subyace a ella. El término “raza chilena” pertenece al ámbito de las representaciones, de la psicología social, más que al de la biología o de la etnohistoria (Bernardo Subercaseux, “Raza y nación: el caso de Chile”, 2007).

Hoy, a casi un siglo de las palabras pronunciadas por Huidobro, Pinochet y Palacios, pareciera ser que nuestra noción de raza chilena sale a flote cuando defendemos nuestro territorio de “invasores” y celebramos el 18 criollo como si se fuera a acabar el mundo, excluyendo en estas fechas todo tipo de manifestación de otras culturas que habitan nuestro territorio. Según una encuesta realizada por la Universidad de Chile y el Instituto de Derechos Humanos en 2013, el 41,5% de los chilenos se identifica con la idea de que “Chile es un país más desarrollado que sus vecinos porque hay menos indígenas”. ¡Como si no lleváramos genes indígenas en la sangre! Nuestro absurdo ideal de blancura nos ha llevado a ser xenofóbicos con nosotros mismos y nuestros vecinos, creyéndonos el cuento racista que los “héroes patrios” utilizaron para borrar nuestras raíces. El 2,7% del ADN chileno promedio es rastreable a África, según una investigación realizada por un grupo de genetistas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. Nos sorprende saber que podemos tener genes africanos porque se eliminó de la memoria colectiva chilena la presencia de esclavos negros en los tiempos de la colonia. Nos dijeron que eran una porción mínima de la población, que no lograban adaptarse al clima, que eran débiles y que la mayoría había muerto. Como si fueran una mancha que había que limpiar y un símbolo de denigración de la “raza”, eliminaron todo vestigio de mestizaje con las etnias que se consideraban inferiores.

“La raza, tan cuestionada en su aplicación a los seres humanos y cuya no existencia la UNESCO declarara en el año 1951, reaparece con la inmigración principalmente cuando las políticas securitarias buscan proteger a las naciones mientras buscan “integrar” a los inmigrantes y a su descendencia a partir de instrumentos que apuntan a la normalización social (…) La raza regresa en quienes ‘pertenecen a una cultura inferior’, dejando claro que el criterio de la dominación es eminentemente social”. Extracto de la presentación de “Racismo en Chile, la piel como marca de la inmigración”, editado por la investigadora María Emilia Tijoux, año 2016.

El racismo y la hegemonía blanca son parte de un sistema dominante occidental que actúa en nosotros y nosotras de forma silenciosa. Después de haber crecido con una historia contada por blancos y de habernos comprado su exitoso relato colonizador, es difícil correr el velo y comenzar a ver las sutilezas que confirman que este paradigma domina nuestra forma de concebir la cultura chilena. En la punta de América, atrincherados tras nuestra extensa cordillera, guardamos con recelo nuestra identidad supuestamente homogénea, con un retrógrado sentido de pertenencia y nación que no se condice a los tiempos actuales, en donde el 3% de la población mundial vive en un país distinto al que nació.

Se calcula que actualmente son 500 mil las personas que han migrado a nuestro país, sin contar todas las que han entrado de forma ilegal, y que en pocos años esta cifra aumentará el doble. ¿Somos un país consciente de que el nacionalismo y todas las manifestaciones patrióticas fanáticas pueden alejarnos de ser un país más libre, abierto y diverso? Lejos de su familia y sus costumbres, la persona migrada en Chile debe desprenderse de su propia identidad para poder adaptarse a la cultura chilena y calzar. Los niños y niñas migrantes, desde pequeños, se someten a este adoctrinamiento, se les viste de huasos y huasas, se les enseña a bailar cueca y a través de los héroes patrios se les inculca este sentido de pertenencia a la nación chilena, con un discurso que tiende a homogenizar todas las culturas y anular las diferencias.

“Todos los seres humanos pertenecen a la misma especie y tienen el mismo origen. Nacen iguales en dignidad y derechos y todos forman parte integrante de la humanidad”. Última declaración de UNESCO 1978 sobre la Raza y los Prejuicios Raciales. Ver aquí

En el camino por construir un país pluralista, donde se respeten las distintas identidades y culturas que conviven y las personas migradas encuentren espacios para la manifestación libre de su cultura, deberíamos hacer de los 18 de septiembre una fecha en donde no solo se celebre, sino que también se reflexione sobre la llegada de migrantes, sobre el racismo intrínseco en nuestra sociedad y sobre la historia no oficial, esa que no nos contaron los criollos. Nuestra identidad como pueblo no puede basarse en el chilenismo fanático, en la imposición de nuestra cultura a otros pueblos y en la falsa defensa de nuestra “raza”. Reconocernos como un país mestizo, plurinacional, con distintas costumbres y raíces podría ser el primer paso para comenzar a re-construir nuestra identidad, distinta a la que se nos impuso en los cimientos de la república. Menos carne, menos chi-chi-chi, menos fonda y más consciencia sobre nuestra historia.