Tu jefe

Una reflexión para desmenuzar su detestable, arbitraria e incuestionable figura de autoridad.

Por Emilia Duclos | Gráfica CPAZ

Todos y todas nos hemos enfrentado, por lo menos una vez en nuestras vidas, a ser subordinados por un jefe o jefa. Desde tiempos ancestrales los humanos nos hemos sometido a ellos y podríamos hablar eternamente de qué es lo que significa su figura a nivel social y antropológico y cómo las superestructuras en nuestra sociedad le otorgan estatus y prevalencia en el tiempo. 

Asumiendo que la mayoría vivimos en grandes ciudades, que estamos insertos en un sistema capitalista y que muchos somos esforzados empleados que responden a jefes, quiero hacer una catarsis que aúne los sentimientos que todos y todas guardamos en nuestros humildes corazones, que consuele la rabia que sentimos frente a una situación injusta, que sane las heridas de aquellas veces que nos mordemos los labios de impotencia. Amigos y amigas, no estamos solos/as. La mayoría de los jefes son personas odiosas y el sentimiento es compartido.

Para despotricar contra él/ella, es necesario tener en cuenta que no todos son iguales. Empecemos por definirlo como una persona que tiene autoridad sobre un grupo que realiza un determinado trabajo. Muchas veces se inserta en una cadena de jerarquía en la que es solo un eslabón, por lo que trabaja para otro jefe, que a su vez puede tener otro jefe. En las empresas o instituciones grandes esto es muy frecuente. También puede ser que sea dueño de su propio proyecto. En ese caso, nadie fiscaliza su trabajo. Y tú, empleado, sigues directamente sus reglas del juego.

Sobre si el jefe es hombre o es mujer, es necesario aclarar que Chile tiene los peores índices de inserción femenina en puestos de alta responsabilidad a nivel mundial. Así es: mientras se mantiene bajo el liderazgo femenino en el trabajo, aumenta, según el INE, las que son jefas de hogar, mujeres solas que trabajan y además mantienen su casa. Siguen dominando los patrones masculinos en los puestos de poder, y las mujeres, tratando de hacerse un espacio en la jungla laboral, repiten los mismos patrones de autoridad insertos en nuestra cultura patriarcal. Sin importar el género, el poder detentado desde la jefatura siempre estará en Chile dominado por la figura del patrón de fundo.

El jefe no se elige democráticamente y llega al poder por distintas vías, saltándose siempre el paso de legitimación de los trabajadores. Una puede ser a través del reconocimiento de sus superiores, quienes observan capacidades de liderazgo, de resolución de problemas, de empatía y de buen trato con las personas. En la mayoría de los casos son seres humanos que se reconocen como tales y están constantemente tratando de ser mejores. Este jefe va a talleres, lee libros de autoayuda e incluso algunas veces puede ser un buen confidente, aunque siempre manteniendo la distancia prudente. Es lo que llamamos un jefe bacán, inteligente, que no se cree el cuento del poder, siempre agradece a su equipo y es capaz de reconocer las virtudes de las personas que lo rodean, intentando generar instancias de retroalimentación en donde acepta las críticas. Si se da la ocasión, invita a todos a la casa, se toma unos vinitos y hasta se embala narrando sus aventuras pasadas o sus amores, aunque siempre de manera muy recatada –como es perspicaz y moderado/a, no deja que le agarren el codo. Concibe a su grupo de trabajo como un verdadero equipo, en donde todos laboran para un mismo fin, y se queda hasta tarde si es necesario, sin delegar a otros trabajadores la pega que le corresponde hacer. Es tan bacán que además de ser ético/a sabe hacer bien el trabajo y te enseña.

El único defecto que tiene este carismático/a ser es que se inserta en una dinámica capitalista y de división del trabajo, por lo que responde inconscientemente a una estructura vertical y puede tener lapsus en donde se cuele el patrón de fundo que lleva dentro. No podemos pedirle la perfección ni culparlo/a demasiado. Está hasta las masas, al igual que tú, con el sistema. Estos ejemplares son escasos y difíciles de encontrar en el mercado laboral. Se pueden ver en proyectos pequeños, en empresas incipientes y siempre rodeados de gente.

Después están los jefes sin capacidades de liderazgo y poco empáticos, pero que han trabajado como perros durante toda su vida en la misma empresa/institución y que fruto del esfuerzo se les premia con el cargo. Lo bueno de estos jefes-perros es que todo el mundo ya los conoce y saben de qué calaña son. Lo malo es que no tienen chucha idea de cómo dirigir un grupo de personas. Por más crack que sean en lo que hacen, son tecnócratas, ensimismados en su carrera de ascenso, con rasgos medios asperger y son fieles a los que les pide el jefe supremo, transmitiendo las instrucciones a los empleados al pie de la letra en una estructura de verticalidad clásica, sin cuestionamientos ni críticas.

En el fondo, siguen siendo del perraje, solo que tienen oficina propia, una placa con su nombre en la entrada y una rica silla que gira en 360º. Son fomes, sin pasión, por lo general medios perquines y nunca te los encontrarás en carretes o en la calle: solo transitan del laburo a la casa y viceversa. Trabajan hasta tarde, aunque nadie se los pida, y su ausencia o presencia no afecta mucho al grupo humano. Como bonus, dentro de esta estirpe de perros podemos encontrar a los tela, sujeto/a sin mucho brillo ni talento, pero buena onda y amigui del perraje. 

Por último está la calaña más detestable de todas, los pasivo-agresivos (o culiadis sin talentis).  Estos jefes la mayoría de las veces llegan a sus puestos por pituto o por casualidades inexplicables de la vida –un nombre mal escrito, un llamado equivocado o por alguna pillería típica del winner chilensis-. Son complejos de identificar porque se manifiestan con distintas personalidades, aunque siempre detestables. Su esencia maltratadora, oculta tras la buena onda, hace que rápidamente pases del amor al odio con ellos, o simplemente los odies por siempre, silenciosa y profundamente. Como son los que te dan pega, te tienes que comer toda la mierda, mierda que es constante y aburrida, que se traduce en lo que finalmente llamamos acoso laboral. Te huevean cuando te enfermas, te tiran tallas pesadas “en wena“, son desubicados/as, llaman a cualquier hora y se dan el lujo de traspasar tus límites, haciéndose los amiguis y los relajados, invitando tragos y conversando sobre sus vidas personales, mientras al mismo tiempo te refriegan su superioridad y su supuesta experticie. Por ser jefes –aunque sea de un local de McDonald’s de un turno de minimarket o de una sección de reponedores del supermercado– creen que tienen derecho a actuar como se les para la raja, son mandones y torpes emocionalmente. No tienen idea de que están tratando con humanos y tienen una débil formación ética, que los hace repetir una y otra vez los mismos errores.

Son medios tontos/as y sin talento. Eso los lleva, inevitablemente, a no ser autocríticos. No saben hacer bien la pega y delegan todo, descansando en que otros harán el trabajo que a él/ella le corresponde. Con su tira y afloja, manejan como quieren a las personas pidiéndoles tareas que no les incumben. Son poco hábiles, hasta con el computador, y su modus operandis, sacado de manual, es típico de winner: hacer un buen presupuesto, externalizar toda la pega a otros, vigilar que se haga más o menos –la mediocridad es la cumbia– y quedarse con lucas. Como son manipuladores y fingen bien la buena onda, a veces es difícil identificar su maltrato. Por esta razón es preferible un culiadis que es transparentemente culiado y pesado. Así puedes odiarlo con certeza y hasta denunciarlo.

Otra categoría menos común en esta estirpe es la del jefe pasivo-agresivo hábil (culiadis hábilis). Suma todas las características anteriores y, para más remate, vigila cada movimiento de su equipo, sabe cómo se hace la pega y usa esa experiencia para comparar a los trabajadores entre ellos, fomentando la competencia y generando tensión en el ambiente. Tiene muchas inseguridades y su acoso se traduce en denigrar constantemente a otros para evitar que lo superen en todos los sentidos. Por esta razón, en su equipo las personas con opinión y buenas ideas son las que se ven más afectadas: representan una amenaza directa a su frágil ego. 

Los culiadis son sumamente abundantes en este país. Si usted es uno y logra reconocer ciertas características de este ejemplar en su oscuro corazón, péguese el alcachofazo: poco le queda para ser lanzado a la hoguera si es que continúa con su persistente hostigamiento entre líneas.