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Reclamo migrante

Por JudlandeLanegra | Fotografía: Diego Figueroa Migrar Photo

Escucho, no queriendo, que en la micro hablan de negros, peruanos, colombianos, ecuatorianos. Que son muchos, que ocupan asientos, que llenan los consultorios, que llenan los liceos.

Prendo la tele y veo a un grupo de hombres blancos, empaquetados, hablando de delincuencia, de migración, de la ley de 1975, de las fronteras, del norte, de los colombianos traficantes.

Leo en internet que un austriaco puso un negocio de helados, con sucursales en Europa, y que regresó porque se dio cuenta de que le iba mal en un país no desarrollado. A esos les dicen extranjeros y todos los chilenos quieren que les vaya bien.

Camino por Huérfanos y veo una decena de ecuatorianos vendiendo accesorios en la calle. Nerviosos miran de un lado a otro, hablan en voz baja y no le dirigen la palabra a nadie. Para ellos todo huele a incautación y control. A esos los llaman inmigrantes y a nadie le importa si les va bien, si se quedan o se van.

Voy a la Plaza de Armas y observo cómo toman el sol de las 11 de la mañana. Conversan entre ellos, esperan que algo pase, que las horas pasen, que los llamen y les digan “sí, ya estás listo”. Que los llamen y les digan “sí, empiezas mañana”.

Rondan por Paseo Ahumado perfumados, ordenaditos, con sus carpetas con papeles, listos para cualquier entrevista, para cualquier cartel de se busca, para cualquier mínima luz de que algo va a salir. Miran las calles, las vitrinas, la gente que pasa. Esperan pacientes en las esquinas atiborradas hasta que da la luz para cruzar. Deambulan con sus sombras, escuchando frases sueltas de un idioma indescifrable que pasa por sus cabezas como ruidos insoportables.

Penamos Santiago con nuestras siluetas, sin redes, sin contactos, con la familia a miles de kilómetros de distancia. Somos los que llegamos a vivir hacinados, con arriendos abusivos, en piezas diminutas en el centro o en villas de la periferia. Limpiamos los baños de su trabajo, hacemos el aseo en su casa, barremos las calles por donde usted pasa apurado, le ponemos bencina a su auto, le vendemos cigarros en el Okey market, le damos el mejor corte en la carnicería de la esquina. Trabajamos hasta doble turno para mandar remesas a nuestras familias  y estamos cansados, pero resistimos. Nos agarramos con nuestras raíces a lo que sea para aguantar los secos inviernos y los secos veranos, en una sociedad marcada por las clases raciales.

Los que se creen buenos y tolerantes dicen que somos el 2,7% de la población, que el porcentaje es poco en comparación con otros países, que no es para tanto, que el racismo, que la discriminación… ¿Y qué si fuéramos el 10%? Seremos un millón, traeremos a los primos, a los tíos, a los hijos, a los abuelos. Venimos a desordenar sus vestidos y ternos, a ustedes, que creían que su país era ordenado, homogéneo y blanco. Y aunque nos humillen, no nos iremos, porque migrar es parte de la historia de los pueblos.