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No + AFP: el malestar instintivo como gatillante del cambio

Por Luis Felipe Avaria   |  Gráfica: Anna Pistacchio

Si hacemos un esfuerzo por identificar la institución neoliberal más transversalmente vilipendiada y vejada por la ciudadanía es, por lejos, el sistema de capitalización individual de pensiones. En el mundo de los tecnócratas políticos y de los académicos, las AFP han sido objeto de crítica desde distintas perspectivas. Primero, desde el derecho, argumentándose que es inconstitucional por infringir el derecho a la igualdad consagrado en la Constitución. También desde una perspectiva económica, atacando sus niveles de rentabilidad, el ahorro de carácter forzoso y podríamos continuar enumerando todas sus falencias

Sin embargo, si nos detenemos a contemplar el escenario del debate, y al igual que en los cuestionamientos sobre políticas públicas relativos a otras instituciones (dígase Sistema de Isapres, el Plan Laboral de 1979, la Constitución), los tecnócratas, los profesionales y académicos se han tomado la prerrogativa exclusiva de plantear sus inquietudes refugiándose en su experticia, la cual es objeto de respeto y admiración y le otorga una plusvalía social a la figura del experto.

Es así como el espacio de comprendimiento del verdadero funcionamiento de las AFP se ha mantenido alejado de la ciudadanía, deslegitimando el discurso del disgusto popular por estar carente de elementos técnicos para expresar su malestar. El enojo instintivo que nace de las vivencias personales no tiene espacio de expresión soberana, más que la marcha peticionista. Si dichos espacios soberanos existieran, considerando el nivel de oposición transversal contra el sistema de previsión, no tendríamos que pedirle a los tecnócratas que nos den los argumentos, ni esperar a la clase política que tenga la voluntad de ejecutar los deseos ciudadanos de cambiar el sistema. El malestar por sí solo sería un gatillante suficiente.

Las peticiones espontáneas de la ciudadanía, sin fundamentaciones técnicas que las respalden –a menudo calificadas como populismo– encuentran siempre un muro que las detiene, consistente en el juicio que hacen los economistas, abogados y demases, calificando de imposible la materialización de dichas peticiones en razón del escenario político-económico actual. Quizás llegó el momento de destruir el muro y exigir lo “imposible” de vez en cuando, y así ser finalmente soberanos.

Más allá de las explicaciones con peras y manzanas y de los expertos, la indignación ciudadana ya está presente entre todos y existe por la experiencia personal de abuso en cada uno de nosotros, en lo cotidiano, en nuestras casas, en nuestras familias. Esa es la indignación que debe ser gatillante para los cambios, por lo que la tarea sería dotar a la indignación popular de espacios soberanos de canalización política vinculantes, a través de la proliferación del asambleísmo y la creación de una estructura a nivel nacional que posibilite el surgimiento de organizaciones deliberativas. Sin ir más lejos, incluso la Unidad Popular se esforzó por crear un aparataje de enseñanza que buscaba explicar el funcionamiento de las estructuras económicas en términos mundanos. Sin embargo, al ser igualmente parte de la clase política paternalista fundada por Alessandri Palma, omitió dotar a la ciudadanía de ese elemento esencial. ¡A cortar de raíz todas las tutelas sobre la ciudadanía!