Machismo: desde lo evidente hasta lo que subyace

Una reflexión para entender qué es lo que subyace a la violencia de género, cómo opera y las distintas formas en que se manifiesta la estructura patriarcal en nuestra sociedad, con dos ejemplos actuales sobre el sometimiento sexual.

Por Tomás Arellano*

divide y vencerás (máxima romana)

Las relaciones sociales, la multitud de interacciones entre seres humanos, son posibles por un ordenamiento común, por una norma. Estas formas de relación cambian a lo largo de la historia, viéndose influenciadas por lo cultural, político, económico y epistémico, es decir, por los métodos de conocimiento humano. De esta manera se establecen formas de ver, sentir, pensar, responder, actuar y desear.

El mito puede ser entendido como la manera consensuada que tiene una sociedad para explicar cómo son cierto tipo de cosas. Este mito tiene valor como tal, repite y cristaliza sólo un sentido, una visión, en el relato de quienes lo sostienen, e invisibiliza el resto de las perspectivas, la diversidad de ideas y los procesos históricos en construcción. Dicha manera de regular, normalizar y legitimar a través del consenso, hace difícil su cuestionamiento y remoción a lo largo del tiempo.

El sexo no escapa a este tipo de relación, y por ende se somete al yugo del modo de subjetivación, en este caso la heteronorma social: “El sexo del ser vivo se convierte en un objeto central de la política y de la gobernabilidad” (Preciado, 2010). De esta manera, se recortan partes del cuerpo, zonas erógenas, órganos específicos, haciéndoles encajar determinadas sensaciones, para establecer así una diferencia sexual que produce géneros: feminidades y masculinidades.

Esta construcción de significantes sexuales que impone el sistema heterosexual, tiene como producto la explotación de un sexo por sobre el otro, lo que es denominado violencia de género. Así, la pasividad de las mujeres en la práctica sexual, en pos de la reproducción biológica y trabajo sexual, tiene por correlato, en cuanto a deseo, a hombres, masculinos y activos. Con esto, “lo imaginario social organiza el orden de lo ilusorio para cada sexo, instituyendo los géneros femenino y masculino” (Fernández, 1993). Géneros, que sostenidos en estas construcciones de identidades e imaginarios sociales, definen roles y determinan jerarquías, en desmedro de las diferencias, a través no sólo de prácticas políticas, sino también en la forma en cómo se estudia y adquiere el conocimiento humano.

Los mitos sociales, sostenidos desde las normativas de los discursos, pretenden y logran dividir hombres de mujeres como si fueran absolutamente diferentes. A partir de las instituciones que crean modos de percibir, argumentar, de usar el lenguaje y de actuar –como lo son las educativas, religiosas, entre otras– se define el mundo moderno y posmoderno, estableciendo un modo de relación entre mujeres y hombres. Las diferencias sexuales, entonces, se dan en el marco de la sexopolítica, como herramienta de dominación del capital y delimitación del deseo, a partir de lo biológico. Por medio de este dispositivo, se establece un ordenamiento diferenciando lo normal de lo anormal.

Es a través de la eficacia que subyace a la mirada eurocentrista y la reducción de objetos de pensamiento a una medida común, en este caso la homologación de la experiencia de un tipo de varón –blanco, heterosexual, de clase hegemónica y perteneciente a países centrales– como común a todos los humanos, que se logran imponer los roles de género por medio del convencimiento. Simone de Beauvoir (1962) establece que la humanidad es pensada como, y desde, lo macho. Las mujeres por lo tanto quedan relegadas y definidas en función a él, y no por su propia autonomía. La visión política puede ser entendida como el poder que subyace a los géneros. Para poder entender y definir la alteridad con que opera lo macho, lo Otro observado siempre desde lo Uno, debe haber sometimiento de una de las partes, que al ser inferiorizada permite la legitimación del poder y crea una determinada distribución de tareas y configuración de espacios. Así, históricamente, las mujeres han quedado relegadas a lo privado y a la pasividad erótica, en pos de la procreación.

Bajo esta mirada de dominación de un sexo sobre el otro, un sinnúmero de situaciones violentamente misóginas salen a la luz. Entre ellas los dichos del cantante Gustavo Cordera, quien en el marco de una charla pública para el alumnado de Taller Escuela Agencia (TEA) el pasado mes de agosto, realizó un llamado abierto a la violación de mujeres, donde específicamente sostuvo: “Hay mujeres que necesitan ser violadas para tener sexo porque son histéricas y sienten culpa por no poder tener sexo libremente”. Y más reciente, la brutal humillación y cosificación extrema sufrida por Lucía Pérez, adolescente marplatense de 16 años de edad que fue violada, sodomizada y empalada (sí, empalada; aquel método violento y sanguinario de ejecución que data del siglo VI a.C.) por dos hombres el pasado 8 de octubre, mientras en Rosario se reunían más de 100.000 mujeres en el marco del 31 Encuentro Nacional de Mujeres en la Argentina que después, en la marcha de cierre del día domingo, serían fuertemente reprimidas con balas y fuerza agreste policial.

Tales actos de misoginia, han sido abiertamente condenados por medios de comunicación y personas, llegando a acciones legales. Pero más allá del revuelo nacional – y hasta internacional­– que tuvieron el actuar de los responsables del femicidio de Lucía Pérez y el impacto de las palabras del músico, es lícito preguntarse: ¿Son  seres enfermos que han dado libre acceso a sus más retorcidas fantasías sexuales, y en el caso más trágico y violento, han llegado a concretarlas? Es necesario comenzar a responder esta pregunta desde su núcleo central, lo que no es tarea fácil para una sociedad heteronormada por la lógica eurocentrista patriarcal. Correr el velo y entender que estos no son casos aislados de sujetos enfermos, es el primer paso: patologizarlos e individualizarlos significaría eximirlos de lo hasta aquí abordado, desviando el quid del asunto en cuestión, es decir, comprender que tanto el femicidio de Lucía, como los dichos de Cordera, forman parte de un mismo sistema de abuso y dominación.

Desde la violación sexual se abren dos caminos para abordar el tema en cuestión, no excluyentes entre sí, sino más bien como síntomas de algo que los precede. La primera lectura es la que se deja entrever desde la violación sexual física propiamente dicha, la consumación del acto machista de someter a las mujeres en pos de obtener la propia satisfacción sexual. Es decir, lo bestialmente ocurrido a Lucía. El cantante, por su parte, va más allá de lo elemental e irrefutable. Y es en este sentido que surge una segunda visión, que muchas veces viaja silenciosa dentro las personas, permitiendo sostener mitos e imaginarios sociales sin ser cuestionados, ocultando a quienes perpetúan lo innegable, culpando y responsabilizando a la propia víctima. Entonces se vuelve tangible lo explicado por Rita Segato: “Cuando la crueldad es física, no puede prescindir del correlato moral: sin desmoralización no hay subordinación posible” (2003).

Gustavo Cordera, como muchos, como muchas, supone una verdad en las mujeres, un querer inherente en ellas, que yacería en sus inconscientes como saber no sabido, y que ellas mismas negarían en su discurso. Habla de una represión de las que las mujeres mismas serían víctimas. Entonces, no serían sino los hombres, en tanto varones heterosexuales, quienes vendrían a liberarlas para acceder a su deseo inconsciente. “Matilde Sánchez captó el asunto a la perfección, en un artículo del diario Clarín: el abuso que Cordera cacareó no cabe en la violentación de un deseo, sino en la pretensión de detentar un saber de ese deseo. Su atropello no radica en quebrar una voluntad, sino en pretenderse su mejor hermeneuta” (Kohan, 2016). Más allá de ir en contra de la voluntad de alguien, se apropia de la significación e interpretación de un deseo. Aparece, en las mujeres, el deseo sexual como imperativo, y su consumación necesaria y acabada con un hombre, y la condena ante el no cumplimiento de ello, tanto para la histérica reprimida, como para aquel varón que no sepa liberarla. Se vuelve audible el eco misógino que vuela en el ambiente, viralizándose, entonces, adjetivos descalificativos y etiquetas como ‘puta’, ‘una buena víctima no se droga’, ‘se fue con personas mayores’, ‘se vestía con poca ropa’, ‘le mintió a los padres’, ‘no son horas para que una mujer ande por esos lugares’, y así, un largo etcétera. De esta manera intentan buscar responsables. Embelecos discursivos que como único fin tienen perpetuar la domesticación machista, base de la violencia de género, y que desvían el centro de lo que se debería estar discutiendo.

Mientras tanto, casos como el que se ejemplifica en Cordera y el femicidio de Lucía Pérez, que están lejos de ser aislados y más bien responden a una misma lógica, seguirán ocurriendo dentro de la sociedad, mientras esta misma no sea capaz de entender su origen y visibilizarlo. Al no reflexionar sobre sus raíces, estos casos seguirán contribuyendo a mantener mitos que desde lo discursivo generan división y con ello el reinado histórico del modelo hegemónico heteronormativo patriarcal, modelo preponderante  que privilegia y permite el sometimiento de los hombres hacia las mujeres. 

*Psicología. Universidad de Buenos Aires, Argentina.