lorna

Lorna en tres días

Por Camila Paz Acevedo | Gráfica: Anna Pistacchio

Un ejercicio literario que describe la intimidad cotidiana entre una mujer mayor, con problemas de salud, y su cuidadora, quien a través de este relato intenta mostrar su rutina, sus gustos, sus mañas y su relación con la televisión. 

1

Se despertó de golpe con mi llegada, quiso tomarse los remedios y comer una alcachofa. Apenas la tocó, se volvió a dormir. Ramón, su hijo, la llamó a las 11 am, seguía durmiendo.  A las 12 se levantó a tomar mate y puso las noticias.

Preguntó por el almuerzo: comería cazuela igual que ayer, pero no le pareció mal porque le había gustado mucho. Fumó un cigarro, se acostó un rato. Su plan era hacerse la pedicure, la manicure y depilarse la cara a las 16:30. Antes vio Doctor Quinn. La Doctor, en este capítulo, atendió a una guagua con gastritis, que murió, y fue acusada de negligencia. Le iban a prohibir ejercer la medicina. “No hay nada peor que te nieguen hacer lo que eres”, comentó Lorna.

La fui a dejar al salón de belleza y en el camino se le antojó comprar frutillas. Me explicó que cuando uno está enfermo se cansa pronto de comer lo mismo y que le gusta variar, probar distintas cosas en el día. Don José no tenía, ni ninguno de los fruteros del barrio. Resignación: $1.900 por 300 gramos de frutillas en el Líder express.

Cuando volví a buscarla al salón me contó que se había mareado y que la mujer que la atendía la sujetó para que no cayera. Alcanzó a hacerse la pedicure y a depilarse las cejas, había llevado su espejo con aumento para corroborar que estaba bien depilada. Le pregunté por sus zapatos de cuero, me dijo que antes de que se enfermara había ido a Buenos Aires a comprar muchas cosas para vender, pero que ya no tenía ganas de regresar a hacer negocios.

2

Anoche apenas pudo dormir. Le contaron que su mamá, de 80 años, había confundido a su pareja con la madre propia. Suspiró varias veces en la mañana. Decía que no podía dejar de pensar en ella, que le preocupaba que perdiera su memoria antes que su salud. Mientras, veía Bonanza y la Familia Ingals. En la pantalla un médico negro buscaba hacerse un espacio en un pueblo pequeño de un oeste ficticio. “Los hábitos son obstinados igual que los prejuicios”, decía el personaje.“Toda la razón”, dijo ella.

 Desayunó una alcachofa, un cigarro y un té de matico (especialmente convencida cuando le conté que ayudaba al hígado y la vesícula). Al almuerzo, esperó paciente media hora, con hambre, antes de probar los porotos con riendas, según ella para que reposaran. Comió tres platos, mientras comentaba las noticias que había visto la noche anterior. Le había sorprendido el reportaje que transmitió Chilevisión y que repetían en el noticiero de mediodía, donde Verónica de Negri daba su testimonio. Después de comer prefirió acostarse. Terminó de ver las noticias en su cama de sábanas rojas, dos frazadas, cubrecama y cobertor floreado. Volvió a tener sueño.

Despertó cuando comenzó “La Chúcara” y encendió un cigarro. Quería estar acostada, decía que los antidepresivos la ponían mal.

Cerraba los ojos a veces, advirtiendo que no estaba dormida. Dio por muerto al carabinero baleado con tres tiros. Dijo que Tonka Tomicic se veía vieja y luego agregó que “es veneno puro”, porque en una revista ella había dicho que era como una zorra, “cuando agarraba la prieta no la soltaba nunca más”.

3

-¿Cuál es tu sueldo ideal?- me preguntó.

-Ochocientos mil.

-Poco

-Es que es para mí sola…

-Para mí sola lo ideal sería tres millones.

En la mañana no quiso comer. Dijo que se estaba durmiendo tarde ,“a las dos”, y que andaba preocupada. Despertó para tomar mate y comentar el Caso Quemados. “Yo no sabía nada de lo que estaba pasando. La tele llegó más tarde con las Bolocco y no decían nada por la radio. Había una que se transmitía desde Moscú que nunca sintonicé, pero mi general se preocupó por la región, yo venía de Aysén escapando de la pobreza ¡Porque tenías que cambiar una vaca parida por un quintal de harina! ¡Hacer trueque! Yo creo que los culpables están en los mandos medios, no creo que mi general supiera todo esto”.

“Cuando se terminó el caso de los Letelier no hablaron más, les dieron su plata y se quedaron calladitos”, dijo poniendo sus manos de forma horizontal, paralelas a la mesa.

-¿Tú sabes lo que es el alimento del espíritu?- me preguntó.

-¿A qué te refieres?

– ¿Haz hecho algún cursillo católico?

-Mmm, sí.

-¿Y cómo te sientes? Ese es el alimento del espíritu. Yo iba a retiros, me hacía muy bien, pero eso fue antes de que supiera que todos los curas están podridos. Al único que le creo es al Berríos, sobre todo después de que dijo que Juan Pablo II era lo peor que le había pasado a la Iglesia. Eso es muy cierto.

A las cinco pm, con más de cinco cigarros apagados en el cenicero y un mate de goma con la yerba seca sobre el velador, Lorna, puntual, decidió guardar silencio y prendió la televisión. Empezaba un nuevo capítulo de su teleserie favorita y no se lo perdería por ningún motivo.