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LO PERSONAL ES POLÍTICO

Por: Javiera Aliste | Gráfica: Anna Pistacchio

Mi experiencia con un aborto con pastillas y el lucrativo sistema clandestino para conseguirlas.

Acá yo, nuevamente, evangelizando (o tratando). En esta pasada vuelvo a recurrir a un tema reiterativo, por lo menos para mí. Este lunes 25 de Julio a las 18:00, está convocada la marcha a favor  del aborto libre y es el cuarto año en que miles de feministas salen a la calle exigiendo que se legalice el aborto en Chile. Recordemos que bajo cualquier circunstancia está prohibido en Chile desde 1989. Actualmente, el gobierno de Michelle Bachelet tramita en el congreso la Ley de Aborto Terapéutico bajo 3 causales: violación, inviabilidad del feto y riesgo de la vida de la madre. Este año, desde la Coordinadora de Feministas en Lucha, la demanda es una: ABORTO LIBRE, sin causales ni condiciones. 

En esta pasada no me interesa tirar un sinfín de argumentos jurídicos y mucho menos cifras para defender mi opinión sobre el aborto libre. En esta oportunidad quiero recurrir a mi subjetividad y experiencia. Carol Hanisch, feminista radical, en 1969 escribe un ensayo titulado “The Personal is Political”[1]. En él se destaca la frase “Lo Personal es político” y hoy quiero resignificarla y sacarla a colación en base a mi vivencia y la de muchas otras mujeres, que al igual que yo, han abortado, o en algún momento lo harán (nunca digas nunca). Porque es verdad: lo personal sí es político, sobre todo en temas que conciernen a las mujeres.

El aborto, en este caso, corresponde a un problema compartido que no se debe a deficiencias individuales sino que a estructuras que defienden la prohibición total del aborto y su criminalización. Decir que lo personal es político es reconocer que nuestras vidas individuales son los hilos de los que está hecho el mundo, la sociedad y la vida misma. Nuestras decisiones personales y cotidianas construyen o reconstruyen visiones de mundo: lo que comemos, lo que compramos, lo que sembramos, cómo nos transportamos y los lugares desde donde nos relacionamos.

Dicha frase responde a la subjetividad de cada individua. Debemos tomar consciencia de que, a pesar de ser diversas, todas tenemos experiencias de invisibilización, de discriminación, exclusión y opresión, en mayor o menor grado dependiendo de la clase, etnia u otra condición que nos identifique. Y que esto solo se puede explicar gracias a la existencia de un sistema que nos mantiene oprimidas a todas las mujeres, a pesar de nuestras enormes diferencias. Por lo tanto, una experiencia personal de discriminación o exclusión responde a un sistema político de dominación, que es el patriarcado.

Hanisch, en su ensayo dice: “En este tiempo no hay soluciones personales. Sólo hay acciones colectivas para soluciones colectivas”. El aborto libre vendría siendo una de esas acciones colectivas que entregará una solución al 97% de mujeres que NO aborta por las tres causales que incluye la ley. Lo personal es político porque no se puede aislar la política, el poder de organizar y de decidir el destino de una sociedad, de las circunstancias, de los problemas y conflictos de los individuos que conviven en ella, porque precisamente, esas circunstancias vitales deben ser el objeto de la política.

Tengo 24 años, soy mujer, feminista y antropóloga. Hace poco más de una semana me practiqué un aborto con pastillas, en mi casa, con mis hermanos y mi pololo. Aborté por solo una razón: no quiero ser madre. Lo intenté tres veces, un acto bastante desesperado y angustiante. Las dos primeras fueron con las 12 pastillas de Misoprostol. La primera dosis tuvo un costo de $120.000 y la segunda $100.000, ambos vendidos por el mismo contacto. La tercera fue con la combinación de Mifepristona y Misoprostol, que fue con la que logré abortar. Todas las veces seguí las indicaciones que me dieron al pie de la letra, por tanto, nada podía fallar, pero ese no fue el caso con los dos primeros intentos. El contacto de las primeras dos dosis nunca me aclaró cuáles eran los porcentajes de efectividad, y menos me dijo que dadas mis pocas semanas de embarazo lo más probable era que no funcionara. Y eso pasó. No hubo sangrado y tampoco aborto. Solo leves dolores. Así que este embarazo, lamentablemente para mí, continuó y junto con ello mi malestar, que se transformó en rabia hacia el sistema, hacia los que se aprovechan de la desesperación de las mujeres, al Estado que no hace nada y a los mal llamados “pro vida”.

Mifepristona: es un compuesto sintético esteroideo con propiedades antiprogestágenas y antiglucocorticoides. Bloquea la acción de la progesterona (hormona encargada del desarrollo embrionario) y provoca que se desprenda el recubrimiento uterino, facilitando la acción de Misoprostol. En dosis menores también es usado como un anticonceptivo de emergencia.  Si una mujer usa Mifepristona y Misoprostol es mucho más probable que el aborto sea exitoso que si usa solo Misoprostol (98% de éxito comparado con sólo el 80%).

Con los dos intentos fallidos comencé a reflexionar sobre lo violento que es no poder decidir cómo vivir tu vida y de lo poco que le importa al Estado y a los pro vida lo que les pase a las mujeres en este país. Adoctrinados bajo el catolicismo, el discurso social predominante en Chile que regula nuestras creencias en cuanto a la familia biparental y la heterosexualidad, logran imponer sus valores tradicionales en esta materia, haciéndolos aparecer como “los valores” del conjunto de la sociedad chilena. La maternidad y la paternidad son conceptos altamente valorados, por lo que se presume que los hijos son deseados y aceptados y se rechaza la posibilidad de que no lo sean.

Mientras buscaba ayuda e información para poder acabar con mi embarazo, pensé en quiénes son los que tienen el monopolio de la venta de pastillas y de los intereses monetarios que genera este problema, el del aborto en la clandestinidad. Recordemos que en el año 2009, durante el primer gobierno de Michelle Bachelet, el Misoprostol quedó fuera de la venta en farmacias y desde que fue prohibida, se consigue por mercado ilegal a un precio muy alto. Esto porque se dio a conocer que las mujeres utilizaban dicho medicamento para abortar (muchas gracias, Ministerio de Salud).

Hoy, en el mercado negro, existen dos tipos de contactos que venden pastillas abortivas. En primer lugar está el que lucra y gana buenas lucas con la angustia y desesperación de miles de mujeres. Dichos seres, fáciles de encontrar en internet, pueden estar de acuerdo, o no, con el aborto, pero eso da igual, porque son el fiel reflejo del sistema prohibitivo y se transforman en sus servidores cuando deciden capitalizar el aborto. Algunos incluso, además de cobrar sumas exageradas de dinero ($200.000), son capaces de venderte cualquier cosa, como aspirina, o vender menos de las dosis requeridas. Ellos, como tantos otros, lucran con el cuerpo de las mujeres.

Quien me vendió las primeras dosis de Miso era ese tipo de ser, el más vil de todos, el que te va a cobrar y no te piensa ayudar. No tiene escrúpulos en fijar el precio de venta y poco le preocupa lo que le vaya a pasar a la mujer en el procedimiento y, mucho menos, si funcionó o no. No puedo culparlos, son hijos sanos del patriarcado, para ellos las mujeres somos desechables y un buen proveedor de recursos. Como nunca sabrán lo que es estar embarazado no entienden lo que podríamos ser capaces de hacer por no continuar una maternidad no deseada.

Luego están las mujeres asociadas a organizaciones feministas. Mujeres que socializan la información y entregan las pastillas. Algunas las regalan o las venden a su justo precio. No les interesa generar un negocio con el tema, por el contrario, buscan ayudar y sostienen un discurso dirigido a la preocupación por las mujeres, sustentado en uno de los principios del feminismo: la sororidad. La sororidad se traduce en hermandad, confianza, fidelidad, apoyo y reconocimiento entre mujeres para construir un mundo diferente. Grandes diferencias son las que hacen estas mujeres, preocupadas por otras mujeres y sin ningún tipo de incentivo económico detrás.

La práctica en sí misma de abortar no es traumática, muy por el contrario. Para mí fue un acto de liberación y de concientización con respecto a mi cuerpo. Lo tomo como una reafirmación de mi convicción, porque me sentí dueña de mi cuerpo y de decidir sobre él. Lo traumático es la estigmatización socio-cultural, y claro, la ilegalidad (leve detalle). Junto a la ilegalidad, opera el temor, porque la estrategia de quienes sancionan la práctica del aborto es que el temor lo tengamos nosotras. Temor a morir, temor a la sanción social, temor a ir a la cárcel, y eso te persigue en todo momento. Cuando contactas, cuando te juntas y cuando te realizas el procedimiento.

De todas formas, y como bien he relatado, esta es mi experiencia de aborto, bajo condiciones favorables, por mi situación socioeconómica, mi capital cultural y la información a la que puedo acceder. Porque mi realidad no es igual a la de cabras en las poblaciones que van por su segundo embarazo adolescente, donde un aborto no es una opción, porque no cuentan con los recursos económicos ni el apoyo. Mucho menos con la información necesaria. Jóvenes que se ven forzadas a continuar con maternidades que no desean o a practicarse abortos en condiciones de riesgo. La clase dirigente no ha querido responsabilizarse de la clandestinidad del aborto, la cual acarrea una serie de problemas sociales y generan un grave problema de salud pública, debido a la frecuencia de complicaciones físicas y psicológicas del aborto clandestino. A ello se suman problemas de desigualdad social, económica, étnica y de género, dado que son las mujeres más vulnerables (las pobres) las expuestas a la práctica de abortos inseguros.

Es de suma urgencia que desde la institucionalidad se deje de negar esta realidad y se asuma la existencia de una gran cantidad de abortos anuales. Se debe asegurar el acceso a una amplia gama de métodos anticonceptivos y de formas de regulación de la fertilidad, para prevenir este problema de salud pública. Las instituciones hoy en día en nuestro país, sobre todo en lo relacionado al aborto, continúan negando la competencia moral de las mujeres y su capacidad de tomar decisiones. En este sentido, el Estado y toda institución que “pretenda” normar y legislar con justicia debe velar por los intereses y las necesidades de sus ciudadanos, y no imponer una visión dominante y sesgada respecto a los problemas sociales que vulneran la vida de las personas. Debe otorgar poder de decisión y autonomía a la ciudadanía.

Ante la negativa por la demanda de aborto libre, levantada por miles de mujeres a lo largo de todo Chile, el llamado a nosotras, las mujeres, es a cuidarnos, respetarnos y a socializar la información. Porque nos quieren desinformadas, nos quieren con miedo y sin voz. Porque no es justo que solo las que tenemos plata podamos decidir: las pobres también cuentan. Encontrémonos y compartamos nuestras experiencias, porque lo personal sí es político. Se trata de visibilizar, hay que hablar sobre aborto, que se corra la voz, “las mujeres abortamos”.

Pensar que lo personal es político significa darse cuenta de que gran parte del dolor y de las experiencias difíciles que cada una ha vivido en la intimidad, en el trabajo, en la calle, en diversos ámbitos de nuestras vidas, tiene una explicación que va más allá de lo individual, puesto que forma parte de una historia colectiva y de estructuras que nos determinan en el deber ser y hacer. Se trata, entonces, de un problema político que requiere de soluciones políticas. Nada más.

Amig-s, esto no es liberalismo, es bien simple. Como dirían por ahí las Tortas Golosas: “sobre el cuerpo de las mujeres se fundó el capitalismo”. Poder decidir sobre nuestros cuerpos. La maternidad debe ser escogida. Repitan, una y otra vez: “maternidad libre, solidaria, elegida y amorosa”.

[1] Ensayo de Carol Hanisch, “The Personal is Political”. Escrito en 1969: http://www.carolhanisch.org/CHwritings/PIP.html