Aprendizajes sobre una catástrofe

Por: Franco Villalobos

Fotografías por: Alejandro Olivares*

A pesar de que el fuego aún no es controlado completamente, y que a diario surgen focos en distintos puntos de las regiones afectadas (accidental o intencionalmente), debemos tener la capacidad, de ver qué cosas buenas podemos rescatar y qué lecciones podemos aprender de esta gran catástrofe. Personalmente, visualizo 5 cosas que el fuego y su destrucción me han hecho pensar:

La primera de ellas es la capacidad de respuesta que nuestro país tiene ante eventos de este tipo, y no hablo precisamente de rapidez, sino de capacidad técnica y de equipamiento. Tres grandes eventos son antecedentes suficientes para demostrar que Chile simplemente, no aprende.

El año 2011 más de 12 mil hectáreas del Parque Nacional Torres del Paine,  –probablemente el parque nacional más visitado de Chile-, fueron destruidas por las llamas. El año 2015, en la Reserva Nacional China Muerta, aproximadamente 6mil hectáreas (la mitad de la reserva) de Lengas, Coigües y Araucarias milenarias fueron arrasadas por el fuego. Un año más tarde, el 2016, el Santuario de la Naturaleza Quebrada de la Plata, en la comuna de Maipú, fue afectado por un incendio de enormes dimensiones el mismo día en que fue oficializada su categoría de protección.

Sin duda que la lista de incendios en Chile es enorme, pero ¿Por qué aún teniendo estos antecedentes en conocimiento no tenemos ni una institución pública dedicada exclusivamente al combate de incendios forestales?, ¿por qué sabiendo que absolutamente todos los veranos se dan estos ciniestros no tenemos la capacidad de reaccionar? Para Chile es menester la creación de un ente público con la capacidad técnica y de equipamiento, que pueda hacer frente a incendios de grandes magnitudes en áreas agrestes. Para ello debe existir una enorme inversión  del estado en aeronaves, vehículos  y capacitación en términos de recursos humanos.

El segundo punto, tiene que ver con la industria forestal y la percepción que las personas tenemos de ella. Antes de que comenzaran los actuales incendios, personalmente, notaba una fuerte heterogeneidad de la opinión pública en cuanto a las forestales. Algunos de ellos las  repudiaban aludiendo a los típicos argumentos, otros pensaban que las plantaciones de Pino y Eucaliptus eran  bosques nativos de Chile y el resto, simplemente, ignoraba por completo lo que tenía que ver con la explotación forestal.  Probablemente, ahora, todas las opiniones se han volcado hacia el desprecio de esta industria ¿Qué es lo bueno de esto? En primer lugar, las forestales ya no la tendrán tan fácil, en términos territoriales, porque las comunidades, grandes o pequeñas, no querrán tener plantaciones en las inmediaciones de sus casas y, por lo tanto, de una u otra forma frenarán el avance de grandes empresas como Arauco y Mininco. ¿Por qué eso es bueno?  porque   lograría quitarle, al menos, un poco del tremendo poder que estas empresas tienen.

El tercer punto tiene que ver con otra lección no aprendida por el estado de Chile, el ordenamiento territorial y la planificación de las ciudades (entiéndase también pueblos). Nadie esta ajeno a los estragos que causó el tsunami del 2010, que se llevó vidas, casas y negocios. Y la explicación de ese hecho no es muy especial, al contrario, es bastante simple: la ciudad se construye sin considerar los riesgos ambientales. Entiendo la magnitud y la fuerza del mar golpeando el continente, pero no entiendo por qué se construye en lugares tan expuestos sabiendo que, eventualmente, una situación similar puede volver a ocurrir. Esto mismo se dio en el norte, con un aluvión gigantesco dónde las ciudades más afectadas estaban emplazadas en antiguos y olvidados lechos de río. Ahí está el problema: No se consideran factores ambientales ni geográficos. Pasa lo mismo con algunas ciudades y pueblos afectados por los incendios ¿Se consideran riesgos ambientales a la hora de planificar los lugares en los que viven las personas?, ¿se pensó en algún momento, en modelar algún tipo de sistema que separe las plantaciones de las viviendas?

El cuarto punto tiene que ver con el sentido de pertenencia, con el cariño hacia lo propio, con la identidad. A mi parecer, Chile, no posee una identidad cultural tan definida como otros países. Idolatramos a sobremanera lo importado y pretendemos ser algo que no somos. Probablemente, esto pasa más por un tema de educación, pues los chilenos, en general, desconocemos completamente las riquezas naturales que nuestra prostituida, larga y angosta franja de tierra posee. Esta parte del mundo ha forjado particularidades naturales que sólo pueden ser encontradas en Chile. La zona central del país concentra niveles de endemismo altísimos, tanto en plantas como en animales, es decir, la zona centro de Chile alberga naturaleza que no puede encontrarse en ningún otro lugar del mundo, y, desafortunadamente, es una de las zonas más deterioradas del país. Por  ejemplo, la cordillera de  Nahuelbuta es hogar de al menos 5 especies de anfibios endémicos, que no están presentes en ningún otro lugar del planeta y aún así sigue siendo depredada. Si los chilenos conociéramos más acerca de nuestro patrimonio natural y nos diéramos cuenta de todo lo que hemos perdido y todo lo que estamos por perder, no permitiríamos que empresas forestales o mineras destruyeran nuestra tierra para enriquecer a unos pocos. Si tuviéramos ese conocimiento y ese amor por lo propio, sabríamos más de Chingues y Pudúes que de elefantes y jirafas, y defenderíamos con ahínco lo nuestro, porque nos pertenece.

El quinto y último punto, es respecto al concepto de desarrollo que por lo general se maneja. Con  el paso del tiempo, de distintas sociedades y generaciones, el concepto de desarrollo ha mutado conforme a esas realidades: sociales, económicas y culturales.

Para nadie es novedad que en la época que nos toca vivir prima lo económico, por sobre muchas cosas y, por lo tanto, el desarrollo se asocia casi indisolublemente con los billetes. Siempre se quiere alcanzar mayores cifras, se quiere aumentar los niveles de  producción o se quiere alcanzar porcentajes de crecimiento económico cada vez más altos. ¿Pero, es realmente ese el Desarrollo?

Asumamos que el concepto de desarrollo que actualmente utilizamos es erróneo, ¿cuál es la forma en que lo alcanzamos actualmente? Nuestra sociedad ha adoptado un modelo depredatorio, en el cual predomina la destrucción de áreas naturales y de los seres que lo habitan. Estamos atravesando por un período en el que nuestro planeta está sufriendo grandes cambios, a raíz del concepto de desarrollo que hemos adoptado: aumento en los promedios de temperaturas anuales, sequías por un lado e inundaciones por el otro, aumento de los índices de radiación ultravioleta, retroceso de glaciares y derretimiento de los polos, sólo por nombrar algunos. Nuestro concepto de desarrollo es tan erróneo y la forma en que queremos alcanzarlo tan equívoco, que estamos impidiendo que las próximas generaciones, de humanos como también de otros seres vivientes, puedan desarrollarse con “normalidad”.  Los cambios climáticos y escases de recursos se multiplicarán si no cambiamos este insostenible ritmo de “desarrollo”.

¿Cuál es entonces un buen método para alcanzar el desarrollo? En primer lugar, un buen método de desarrollo sería aquel que se ajuste a los ritmos de la naturaleza, que acate sus ciclos y que respete los períodos reproductivos de las especies animales explotadas para consumo humano. Un modelo en el que se proricen los productos de origen local, en el que se reduzca, mayúsculamente, el uso de petróleo como combustible y también sus derivados (bolsas plásticas, bombillas, botellas). Un buen modelo debería generar iniciativas de reforestación, recuperación, restauración y protección de áreas naturales y de los ecosistemas que albergan, etc. Pero, esto no debe ser sólo en el área ambiental. También debe considerarse el desarrollo de las personas en todo ámbito: personal, familiar, profesional y por sobre todo, espiritual. Un buen método de desarrollo será el que logre hacer que las personas se re-encuentren con su humanidad y, por lo tanto, con su conexión con la tierra.

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